jueves, 12 de diciembre de 2019


Evo en Argentina



Emilio Martínez Cardona

El ex autócrata acaba de llegar a la Argentina, que será su nuevo lugar de asilo. Es probable que elija el norte de ese país como base de operaciones, tal vez desde los mismos territorios donde ya Milagro Sala avanzó previamente en la instauración de una dictadura sindical, con evidentes apoyos en el narcotráfico.

Esta ubicación le permitiría desempeñar con cierta espectacularidad el rol de “jefe de campaña” asignado por el ampliado del MAS, o más bien por sus titiriteros de La Habana, recibiendo buses con delegaciones de peregrinación de sus acólitos (ya se las ingeniará para evadir las condiciones de “silencio político” estipuladas por el canciller Felipe Solá).

Además, esto sería consistente con la necesidad de asegurarle una nueva geopolítica, con rutas expeditas y control territorial, a la producción más exportable del Chapare. Teniendo en cuenta las crecientes dificultades para ello con la actual administración de Brasil, está claro que la Argentina neokirchnerista es la alternativa más obvia.

El problema con el proyecto de transformar a Evo en el Señor del Norte es la “papa caliente” que esto representará para el nuevo gobierno de Alberto Fernández, que necesita asegurar tanto la continuidad del Mercosur como una rápida renegociación de la deuda externa. Y para esto requiere algo de buena voluntad de Bolsonaro y Trump, respectivamente, quienes no ven con buenos ojos la jugada del cocalero.

Con seguridad, el asunto se convertirá en una piedra de toque para determinar cuál de los dos Fernández gobernará realmente en Argentina: Cristina, si la instalación de Evo es permanente; o Alberto, si logra alguna vía pragmática para que su estancia sólo sea de corto plazo.

De imponerse Cristina en la pulseta, las “misiones” de Grabois y de Bonafini serán apenas el prólogo a una política de desestabilización contra la incipiente redemocratización boliviana.

El MAS, entretanto, seguirá una doble estrategia: participación electoral y preparación de “estallidos sociales” o brotes insurreccionales para el momento oportuno. Quien quiera documentarse sobre esta política bifronte, inscrita en el ADN ideológico de esta corriente, puede revisar la famosa polémica de Lenin contra los “likvidatory” de 1907, donde el líder bolchevique alegaba sobre la necesidad de, al mismo tiempo, participar en la Duma (Parlamento) y mantener el aparato armado clandestino del partido.

De naufragar en próximos meses el operativo de instalación en Argentina, Evo Morales podría verse en la necesidad de asentarse definitivamente en Cuba o Venezuela, lo que reduciría sus capacidades de acción tanto en lo mediático como en lo geográfico, y terminaría de exponerse ante la opinión pública mundial como lo que siempre ha sido: un integrante del club de dictadores socialistas del siglo XXI.


viernes, 6 de diciembre de 2019


Geopolítica de la democracia



Emilio Martínez Cardona

Utilización o infiltración vandálica de los conflictos sociales en Ecuador, Chile y Colombia; retorno a las armas de gran parte de las FARC; victoria electoral del neokirchnerismo… Son elementos disímiles pero que forman parte de una contraofensiva regional de las fuerzas nucleadas en la ALBA y el Foro de Sao Paulo, ahora en vías de reinvención cosmética mediante el Grupo de Puebla.

Como en la etapa del moribundo socialismo del siglo XXI, la cabeza del proyecto sigue siendo la dictadura cubana, sólo que ahora el instrumento principal para la articulación ya no será la Venezuela chavista, sino el México de López Obrador y la Argentina de los Fernández-Fernández.

Se tratará, probablemente, de un populismo más pragmático que el del ciclo anterior, algo más parecido al lulismo.

Sin embargo, esta contraofensiva tropieza con el cambio de rumbo en dos países de la región: Bolivia, con una revuelta antifraude que tuvo el tino de no agotarse en la simple demanda de una segunda vuelta (que habría dejado al MAS con mayoría parlamentaria en el 2020-2025); y Uruguay, donde la “alternancia plural” liderada por Lacalle Pou desplazará del poder a uno de los integrantes del Foro de Sao Paulo, el Frente Amplio, que a pesar de su relativa moderación en la política interna practicó un sistemático amparo a la autocracia de Nicolás Maduro. 

Las relaciones entre Bolivia y Argentina, luego de que Alberto Fernández asuma la presidencia, serán sin duda una de las fronteras álgidas en este nuevo esquema de bloques. Desde ya, los radicales en el neokirchnerismo, representados por La Cámpora, trabajan para que la política exterior de la próxima administración argentina se aboque a dificultarle las cosas al gobierno de transición que encabeza Jeanine Añez.

De ahí la “misión” de Juan Grabois, cuyo objetivo no es sólo la desinformación internacional, sino también preparar el ambiente para una eventual instalación de Evo Morales en territorio argentino, tal vez en el norte, desde donde podría continuar sus directivas desestabilizadoras con mayores facilidades logísticas.

Aquí jugará mucho la destreza que tenga el gobierno de transición en sus relaciones con Brasil y Uruguay, para que a Alberto Fernández no le resulte tan fácil dejarse arrastrar por las iniciativas radicales de La Cámpora. Habrá que construir una geopolítica de la democracia.

En cuanto a México, la aplicación heterodoxa de la Doctrina Estrada, permitiendo arengas violentistas de un ex presidente asilado, parece inaugurar más bien una nueva doctrina, de un injerencismo velado o por omisión, que ya genera críticas y protestas entre los ciudadanos mexicanos, preocupados además porque la misma tolerancia hacia los cárteles que caracterizó al régimen evista sea la línea a seguir por el gobierno de AMLO.

Por lo pronto, tendremos bastante de qué discutir en los próximos días con el Informe Grabois, cuyas páginas, a juzgar por las filtraciones que se conocen hasta el momento, pertenecerían más a la literatura fantástica y surrealista que a la documentación de los derechos humanos.


jueves, 21 de noviembre de 2019


Comisarios rojos



¿Hay comisarios rojos actuando en la retaguardia de los grupos de choque del narcosindicalismo chapareño?

Emilio Martínez Cardona

Es conocida la práctica que llevaban a cabo en los ejércitos soviéticos los denominados comisarios rojos, delegados del partido encargados no sólo de la disciplina ideológica sino también de asegurarse que las tropas marcharan al ritmo indicado, sacrificándolas masivamente según las necesidades estratégicas de Stalin.

La táctica favorita era el disparo por la espalda a los demorados o renuentes, entre los cuales se solía incluir también a los sospechosos de heterodoxia política.

Como muchas otras prácticas, ésta fue incorporada al know how estalinista, siendo replicada en otras latitudes donde las fuerzas de esa orientación hacen uso de la violencia.

Una variante es la de Colombia, donde es sabido que las FARC utilizaron durante años a francotiradores expertos para provocar víctimas civiles en manifestaciones de protesta, con el objetivo de achacarle estas muertes a los gobiernos opuestos a esa narcoguerrilla. 

En Bolivia, el ministro de gobierno Arturo Murillo informó días atrás que los fallecidos en las movilizaciones de Sacaba tenían disparos en la nuca, con proyectiles que no corresponden al armamento de la fuerza pública. Los peritajes policiales confirmaron que la trayectoria de los disparos provino de atrás de los grupos cocaleros.  

¿Hay comisarios rojos actuando en la retaguardia de los grupos de choque del narcosindicalismo chapareño?

El asunto reviste alta gravedad y merecería ser investigado minuciosamente, teniendo en cuenta también a otros incidentes de la historia política boliviana de las últimas décadas, como la masacre de Porvenir en el departamento de Pando. A quien le interese esto último, puedo recomendarle las páginas de mi libro “X2: Lo que Unasur no dijo”, donde se registran detalles al respecto.

De comprobarse plenamente esta práctica, de la que hay fundadas sospechas, estaríamos ante una nueva versión del “lobo con piel de cordero”, que combina la apología y organización de la violencia con una propaganda victimista dirigida a la cobertura de medios de prensa del exterior, muchas veces encuadrados en la presunción ingenua del buen salvaje que heredamos de Montaigne.

A quien esta tesis pueda parecerle demasiado radical, habrá que recordarle que Bolivia está tratando nada menos que con una conjunción entre ideología totalitaria e intereses de las mafias del narcotráfico, un cóctel del que pueden esperarse elaborados engaños y atrocidades.

Es crucial para el frágil proceso de recuperación de la democracia boliviana que la comunidad internacional se quite la venda de los ojos, comprendiendo la verdadera naturaleza del conflicto que tiene lugar en el pos-evismo.

Hoy, en Bolivia no sólo se desarrolla una pugna por el destino de este país, sino también una batalla fundamental entre democracia y narcopolítica que tendrá amplias repercusiones latinoamericanas.  


sábado, 16 de noviembre de 2019


Anecdotario personal sobre el evismo



Emilio Martínez Cardona*

Ahora que empezamos (no sin grandes riesgos y desafíos) a dar vuelta la página del régimen evista, me doy un tiempo para anotar algunas anécdotas que me tocaron vivir en los casi 14 años de Morales en el poder.
                    
En el 2008, poco después de la publicación de “Ciudadano X: la historia secreta del evismo”, la dirigente cocalera y entonces ministra de justicia, Celima Torrico, conocedora de mi doble nacionalidad, se acercó al embajador uruguayo Zorrilla para espetarle un: “¿Cómo hacemos para que Martínez corrija su libro?”. Algo que sólo motivó la risa del diplomático, que poco después me contó entre bromas lo sucedido.

En el 2009, aprovechando la caza de brujas destada con el Caso Rozsa, Evo Morales declaró en su discurso del 1º de mayo que “los integrantes extranjeros de la HRF (Human Rights Foundation) serán expulsados y los bolivianos irán a la cárcel”. Por la circunstancia anotada en el párrafo anterior, me estuve preguntando cuál de los dos destinos me tocaría, en mi calidad de vicepresidente de la HRF Bolivia.

La arremetida fue conducida por Sacha Llorenti -celoso de que los DDHH dejaran de ser un monopolio ideológico parcializado- y ciertamente produjo exilios, aunque quedó a medio camino por la intervención de organizaciones internacionales protectoras de los defensores de los garantías fundamentales, como Front Line Defenders con sede en Irlanda.  

En el año 2010, en una emisión al vivo del canal de TV estatal, Evo Morales me acusó públicamente de “agente del imperialismo”, luego de que algún funcionario distraído o travieso incluyera un ejemplar de “Ciudadano X” entre un lote de libros sobre él mismo que Morales donaba a la biblioteca de su natal Orinoca. Contesté entonces que sólo intentaba ser un “agente de la verdad”. La Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) registró los dichos de Morales como una amenaza a la libertad de expresión.

En el 2011, el entonces asambleísta departamental del MAS, Roberto De la Cruz, pidió en declaración pública que la Fiscalía de La Paz me procesara por “desestabilizar al proceso de cambio con mis opiniones de derecha”. ¡Delitos de opinión! No pasó mucho tiempo antes de que De la Cruz pasara a la disidencia, con lo que abandonó sus intentos de censura.

En el mismo año, un amigo que fungía como asesor opositor del Senado, pero que tenía algunos “oídos” dentro del Palacio, me relató una reunión de gabinete donde se instruyó a un viceministro a “buscar una estrategia jurídica para procesar a Martínez”. Los hados quisieron que poco después el funcionario encomendado de la tarea inquisitorial cayera en desgracia temporalmente por el “Gabinete de la Extorsión” (Caso Ostreicher), quedando suspendida la nueva amenaza.

El azar o el destino quisieron que tuviera una suerte monumental para que no me cayera la “espada de Damocles” judicial que pendió de un hilo durante años, aunque sí sufrí ampliamente los efectos de una sistemática asfixia económica y laboral.

En cualquier caso, la oposición de 14 años al populismo autoritario es una aventura de la cual no me arrepiento en absoluto, y que en algún momento merecerá líneas más extensas que las apuradas en esta página.

*Escritor

jueves, 14 de noviembre de 2019


Ni Marx ni Carlyle: Sorel



Emilio Martínez Cardona*

Los radicales acontecimientos de las últimas semanas llevan a reflexionar, una vez más, sobre las causas profundas que mueven la historia. Habrá muchos que, obnubilados por un liderazgo carismático, estarán repitiendo sin saberlo las tesis esgrimidas por Thomas Carlyle sobre los hombres providenciales, sin reparar en que el reverso oscuro de esa postura es el elogio de ese escritor escocés al autoritarismo, condensado en su frase: “La democracia es la angustia de no encontrar héroes”.

La visión clásicamente contrapuesta a la de Carlyle es la de Karl Marx, que prefiere la interpretación de los cambios históricos por la obra de fuerzas impersonales, económicas en el caso del autor del “Das Kapital”.

Frente a los dos, una tercera posición sería la del pensador francés Georges Sorel, teórico del sindicalismo revolucionario, quien postuló al Mito como el motor principal de la historia. Según Sorel, serían ciertas “leyendas” -lo que hoy llamaríamos narrativas o relatos- las que moverían la acción de masas.

Desde su particular posición ideológica, planteaba como principal Mito movilizador el de la huelga general revolucionaria, indefinida por supuesto, que sacudiría los cimientos del sistema.

Ironías de la historia: si la única revolución proletaria verdadera fue la llevada a cabo por Solidarnosc en Polonia para derribar la dictadura comunista del general Jaruzelski, en Bolivia acaba de darse la huelga revolucionaria… para derrumbar un régimen con pretensiones socialistas.

Otra ironía es que esta movilización masiva haya reunido tanto al arco cívico-opositor, que va desde la derecha hasta la centroizquierda, como a importantes focos trotskistas provenientes del viejo POR, que se mostraron bastante activos en el occidente del país, probablemente atraídos por los aires de “revolución permanente” vividos en días recientes.

Pero, sin duda, el factor clave para el desenlace positivo de la huelga general revolucionaria fue la sumatoria al paro de la burocracia armada, policial sobre todo pero también militar, con una suerte de objeción de conciencia. Esto ha hecho la diferencia entre las grandiosas manifestaciones ciudadanas de Bolivia y las igualmente grandiosas de Venezuela y Nicaragua, donde faltó sin embargo la crucial rebelión del estamento pretoriano.

Esta singularidad boliviana tiene que ver con la historia de las últimas dos décadas, donde se destaca el enfrentamiento entre policías y militares en febrero de 2003, que los uniformados no quisieron repetir.

Tal vez previendo esto, es que meses atrás algún ministro del ala dura del régimen saliente trató de impulsar una militarización de la policía, infructuosamente por fortuna.

Ahora, por lo visto, la cadena de la ALBA comienza a romperse por su eslabón más débil, Bolivia, lo que puede dar nuevos vientos a las movilizaciones prodemocráticas en otras naciones latinoamericanas sojuzgadas por el socialismo del siglo XXI.

*Escritor

jueves, 7 de noviembre de 2019


Treinta años sin el Muro

Emilio Martínez Cardona

En pocos días más, en la noche del 9 al 10 de noviembre, se cumplirán tres décadas de la caída del Muro de Berlín, apodado engañosamente como la “muralla antifascista” por sus constructores, aunque su función real era impedir la emigración hacia la libertad de los alemanes del este, sometidos a la dominación totalitaria del Partido, la Stasi y el Ejército Rojo.

Con la demolición popular del Muro en 1989, acometida por una multitud a pico y martillo mientras sonaban los acordes del exiliado violonchelista Rostropovich, terminaba el siglo XX, de acuerdo a la cronología heterodoxa fijada por el historiador británico Eric Hobsbawm, quien definió a éste como un siglo “corto”, iniciado en 1914 con la Primera Guerra Mundial.

La caída del Muro se convirtió en el símbolo más visible del derrumbe del socialismo real, que hizo implosión tras el fracaso rotundo de la planificación centralizada, de aquel sistema burocrático de “ordeno y mando” como lo definiera Mijaíl Gorbachov, quien intentó infructuosamente reformarlo mediante la Glasnost (transparencia) y la Perestroika (reestructuración).

A partir de aquellos días, se darían los gobiernos encabezados por antiguos disidentes como el sindicalista Lech Walesa y el dramaturgo Vaclav Havel; el equívoco triunfalismo del hegeliano Francis Fukuyama, predicando el Fin de la Historia; la reunificación alemana; el despegue de Estonia con sus reformas turboliberales; el breve interregno democrático ruso con Boris Yeltsin y la posterior recaída autoritaria con Vladimir Putin…

En América Latina, el colapso del comunismo obligó a la Cuba de los Castro al austero “periodo especial” primero, y a co-impulsar con Lula da Silva el Foro de Sao Paulo después. Esta entidad tenía el cometido de promover la llegada al poder de sus partidos integrantes por la vía electoral, los mismos que posteriormente procederían a desmontar las democracias desde adentro. Poniendo además sus economías al servicio de la dictadura cubana, algo especialmente patente en el caso del petropopulismo venezolano.

A treinta años de la caída del Muro, nuestro subcontinente no termina de salir de esa estrategia de sustitución: el Madurato, la Nicaragua de Ortega y la Bolivia de Morales acuden cada vez más a medios pretorianos, mientras Argentina se alista a ensayar un neoperonismo con negros nubarrones para la libertad de prensa.

Esto confirma que no hay ningún Fin de la Historia, sino una batalla cíclica por la libertad que, como bien dijo Benjamin Franklin, exige una “eterna vigilancia” para defenderla de sus enemigos.

Una de las dimensiones fundamentales de ese conflicto se da en el ámbito de la cultura, de la lucha de ideas, que por una parte necesita con urgencia la incorporación de nuevas generaciones de pensadores liberales, y por otro lado debe encarar el desafío de comunicar estas propuestas a los emprendedores populares, muchas veces informales, que siguen embaucados por una demagogia socialista que va a contracorriente de sus realidades.


viernes, 1 de noviembre de 2019


La rebelión de las bicicletas

Emilio Martínez Cardona

Así como los habitantes de Hong Kong dieron a conocer su disidencia ante los mandarines neomaoístas de Pekín con la “revolución de los paraguas”, los cruceños han centrado sus protestas de la última semana en otros implementos de uso cotidiano: las bicicletas.

Todo se dio naturalmente, por la necesidad de transportarse hasta los puntos de bloqueo en una ciudad de amplio crecimiento horizontal. Nadie pensó estar forjando un símbolo libertario.

La “rebelión de las bicicletas” es la expresión de quienes apuestan por la resistencia inteligente y no violenta, pacífica pero activa, en contraposición con los núcleos radicalizados que le hacen el juego a la polarización autoritaria, buscada desde los sectores más “chavistas” del gobierno. 

Esta es una de las disyuntivas en las que se desarrolla el despliegue de las protestas por la transparencia electoral. Otra tiene que ver con la dicotomía entre centralismo y descentralización, como bien lo apuntó el historiador cruceño Alcides Parejas en un comentario difundido en días pasados.

“Escuché con mucho cuidado el discurso de Carlos Mesa. (…) Fue un discurso de trinchera, como debía ser, pero… ¿se dieron cuenta que fue un discurso centralista? La Paz, sede de gobierno, tumba de tiranos, decían. Y ni una sola palabra para los cruceños que somos los que sostenemos el peñón. (…) Los que van a partir el bacalao se están haciendo los opas. Cuidado que también ahí es donde tenemos que defender por lo que luchamos. Que no se nos vaya a quemar el pan en la puerta del horno. Cruceños, a seguir firmes, pero con mucho cuidado. Recordemos que el historiador argentino Levillier dijo que la historia cruceña es patética en su sostenido heroísmo”, escribió Parejas.

¿Cómo va entretanto el vecindario?

En Chile, la convulsión se desenvuelve en una dialéctica entre la acción más ingenua o espontánea de los anarquistas y los golpes coordinados de los afines al Foro de Sao Paulo. Y, por mucho que hubiera por reformarse, preocupa que todo parezca ir decantándose hacia una Asamblea Constituyente. Con pocas excepciones, en las últimas décadas este ha sido el expediente para la instalación de regímenes híbridos en la región. 

En Argentina, la incertidumbre tiene que ver con el camino a seguir por el presidente electo, Aníbal Fernández: ¿será “lo mismo que Cristina”, como afirmó en campaña, o dará un giro hacia un populismo pragmático que incluya ciertos acuerdos básicos con el macrismo?  

En Uruguay, la votación del domingo pasado abrió un proceso de ballotage donde cinco fuerzas opositoras (Partido Nacional, Partido Colorado, Cabildo Abierto, Partido de la Gente y Partido Independiente) se unirían el 24 de noviembre para desplazar del poder a la coalición de izquierda del Frente Amplio, bajo la consigna de un gobierno multicolor y una alternancia plural. Nota remarcable: en la primera vuelta, a nadie se le ocurrió plantear que los candidatos tercero, cuarto, quinto y sexto “se bajaran”. En cambio, se construyeron espacios políticos complementarios.


viernes, 25 de octubre de 2019


Del antievismo a la geopolítica del conflicto



Emilio Martínez Cardona

“No se ha consolidado un mesismo sino un antievismo”. La frase del politólogo Franklin Pareja retrata bien lo sucedido el domingo pasado, con una concentración del voto opositor que eludió la valoración cualitativa de candidatos y programas, prefiriendo la reducción del acto electivo a un proceso plebiscitario contra la permanencia del Movimiento Al Socialismo en el poder.

Ahora, en medio de la convulsión suscitada por la incertidumbre en el desarrollo del cómputo, el antievismo tiene varios desafíos. Primero, proyectarse como causa colectiva y principista en defensa de la transparencia del voto, evitando el error de una personalización caudillista.

Segundo, mantener una disciplina no violenta, conteniendo a los exaltados que podrían dar excusas para un estado de sitio u otras medidas represivas. Esta será una coyuntura crítica para la protección de los derechos humanos.

Tercero, no perder el norte, recordando que el objetivo es la tolerancia pluralista y no una polarización autoritaria. La lógica de la consigna no debe sustituir al debate democrático.

Conociendo la dinámica de las grandes convulsiones políticas y sociales, donde las cuestiones iniciales acaban rebasadas por las circunstancias, es posible que la demanda de segunda vuelta se vuelva insuficiente y sea necesario plantear una revisión integral del proceso electoral, viciado de nulidad en su origen.

También hay que considerar que la crisis de confianza en el TSE y la atención hacia el tema desde la comunidad internacional, ofrece paradójicamente la oportunidad de reformarlo bajo mediación externa, una meta clave cualquiera sea la próxima votación a la que vayan los bolivianos.

Igualmente, preocupan las eventuales repercusiones que pueda tener este conflicto sobre la estabilidad económica del país, por lo que urge su resolución a través de medios pacíficos.

La convulsión en Bolivia se da en medio de un marco regional igualmente incierto, teniendo en cuenta, por una parte, a la “brisa bolivariana” (variante de la llamada guerra social) que actualmente se refleja en los desmanes en Chile, y por otro lado a los comicios generales en Argentina y Uruguay, a realizarse en simultáneo el domingo 27 de octubre.

En Argentina todo apunta a una victoria en primera vuelta del neokirchnerismo, ante lo cual el macrismo apuesta por acortar distancias y hacerse de una baza parlamentaria importante para los próximos años en el contrapoder. En cambio, en Uruguay existe la expectativa de un resultado que abra el camino a un ballotage a fines de noviembre, que desplazaría a la coalición de izquierda del Frente Amplio y pondría al Partido Nacional en el gobierno, acompañado de otras fuerzas políticas opositoras.

Perú, mientras tanto, tiene una democracia herida por la decisión presidencial de disolver el Congreso, primer poder de toda república.

Son apuntes a considerar para una geopolítica del conflicto.

jueves, 17 de octubre de 2019


Desnormalizar la corrupción

Emilio Martínez Cardona

En su recomendable libro Bajo el imperio de las ideas morales, Mariano Grondona remarcaba la importancia de los valores como clave para el desarrollo económico. En un viaje a través de la historia de las ideas morales, de Aristóteles a Heidegger y con especial detenimiento en Locke, Grondona demostraba la relación existente entre el subdesarrollo y cierta permisividad hacia comportamientos antiéticos.

En otra obra, La corrupción, el autor estudió las modalidades con que estas conductas se expanden a buena parte del tejido social y se normalizan. En el capítulo titulado La desnaturalización del Estado, Mariano Grondona señalaba que el estado de corrupción existe “cuando los actos de corrupción se han vuelto tan habituales que la corrupción se convierte en sistema. En el acto de corrupción se desnaturaliza la acción, pero en el estado de corrupción se desnaturaliza el sujeto de la acción, que en el caso que estamos tratando es el Estado, cuya finalidad -servir al bien común- se desvirtúa, transformándose en el provecho de unos pocos”.

Ese estado de corrupción tiene sus pilares principales en los “políticos que viven de la política”, echando mano a la distinción de Max Weber, que separaba a los políticos que viven para la política de aquellos otros. En el primer caso, decía Grondona, “la ambición política deja de valer por sí misma y se rebaja al nivel de un valor instrumental al servicio del enriquecimiento (…) y esto se acentúa en los países subdesarrollados, que no ofrecen otras alternativas de enriquecimiento”.

Estas citas no son sólo parte de una reflexión abstracta, sino que apuntan también a una interpelación muy concreta en el caso boliviano y en la circunstancia específica del actual proceso electoral. ¿Por qué no tocar este problema fundamental, este “nudo gordiano”, en los comicios nacionales? ¿Cuándo mejor que ahora, cuando debería ser uno de los ejes principales del debate democrático?

Recurriendo a otro pensador, Fernando Savater, y a su Ética para Amador, “la reflexión moral no es solamente un asunto especializado más para quienes deseen cursar estudios superiores de filosofía, sino parte esencial de cualquier educación digna de ese nombre”. Donde tendríamos que incluir, por supuesto, a la necesaria educación republicana de los electores.

La corrupción ha sido tolerada durante mucho tiempo y va siendo hora de empezar a “desnormalizarla”. Es lamentable, por cierto, que según las encuestas los dos primeros lugares de intención de voto estén ocupados por personajes con serias sospechas de peculado. Sin embargo, algo habrá quedado de la discusión abierta. Ya se debate sobre el carácter antiético de la compra-venta de candidaturas, lo que es un paso relevante.

Algo habrá quedado, decimos, en el ethos, que según su etimología es la morada interior o conciencia  del ser humano, donde éste cavila y decide frente a la realidad.

En cualquier caso, esta es una discusión que no terminará el 20 de octubre, sino que recién empieza. Volviendo a Savater: “No creo que la ética sirva para zanjar ningún debate, aunque su oficio sea colaborar a iniciarlos todos…”.

viernes, 11 de octubre de 2019


La grieta boliviana



Emilio Martínez Cardona

Desde Argentina se ha popularizado la expresión de “la grieta” para definir a una disyuntiva que separa, por un lado, a las fuerzas políticas vinculadas al corrupto periodo de gobierno de Cristina Fernández de Kirchner y, por otra parte, a las que giran en torno a la actual administración de Mauricio Macri. 
                             
En Bolivia, hablar de la grieta tiene una complejidad adicional, toda vez que el candidato primero-ilegal y el segundo-semioficialista son parte de un mismo bloque hegemónico. La relativa competencia es por quién tendrá la centralidad y quién cumplirá el rol de acompañante en el bloque, pero no está en discusión que sigan juntos en el modelo de Estado centralista y dirigista, incluso articulando los 2/3 en el Parlamento mediante algún tipo de acuerdo de coalición o gobernabilidad.

Siguiendo la comparación con Argentina, es como si los Fernández (Cristina y Alberto) se hubiesen desdoblado en una operación de pinzas, sometiendo al electorado a una coerción casi extorsiva para elegir sólo entre “los únicos”.   

En cambio, la verdadera grieta boliviana es la que divide a los beneficiarios del orden cleptocrático vigente y a quienes están dispuestos a desmontarlo. A los receptores de contratos directos millonarios y a quienes viven de su propio trabajo y emprendimiento.

Es, ciertamente, una coyuntura que requiere discernimiento para comprender que la dicotomía real es entre corrupción y transparencia, y no entre las pinzas de una falsa polarización entre asociados.

La grieta boliviana también está relacionada con el modelo de Estado, como indicábamos antes, con un polo representado por quienes han buscado retener el poder concentrado en el nivel central, ya fuera en el periodo 2003-2005 o en el 2006-2019; y con el otro polo encarnado por los que buscan alternativas descentralizadoras, que van desde una profundización de la autonomía hasta el federalismo.

Esta segunda versión de la grieta no es independiente de la primera, existiendo una clara ligazón entre corrupción y centralismo, entre discrecionalidad en el manejo de los fondos públicos e hiper-poder presidencial.

Ya en 1871, el ideólogo cochabambino del federalismo, Lucas Mendoza de la Tapia, señalaba al unitarismo (centralismo) como “la corrupción institucional y el origen de las tiranías”, según citaba días atrás en su columna de opinión el politólogo Jorge Márquez Meruvia.

La consabida “mamadera” está en ese 85% de los recursos públicos que se manejan en el gobierno central y las empresas estatales, y aunque la corrupción existe en las entidades subnacionales, también es cierto que es más fácil detectarla y sancionarla en estos niveles.

Tal vez, volviendo a las comparaciones con el caso argentino, tras la caída de la cleptocracia comprobaremos que todo tenía un 40% de sobreprecio, incluyendo a cierto museo dedicado al culto a la personalidad.


viernes, 4 de octubre de 2019


Rebelión contra la corrupción

Emilio Martínez Cardona

De acuerdo al estudio “Problemas de Latinoamérica y desempeño de sus gobiernos”, publicado por la consultora Ipsos en mayo de este año, la principal dificultad en la región sería la corrupción, al punto que el tema fue priorizado por el 31% de los 448 líderes de opinión encuestados en 14 países.

En el caso de Bolivia, la corrupción también es puesta en el primer lugar de preocupación (49%), muy por encima de la combinación entre inseguridad, crimen y narcotráfico que ocupa el segundo puesto (16%).  

Un informe anterior, presentado en abril del 2018 por la Federación Internacional de Derechos Humanos (FIDH), titulado “La corrupción socava la democracia y el acceso a los derechos fundamentales”, señalaba la importancia de “luchar contra la corrupción y la impunidad para reforzar la gobernabilidad democrática en las Américas”, indicando además que la corrupción impide que los gobiernos maximicen los recursos disponibles para el acceso a salud y educación.

El estudio de la FIDH detalla cuán crucial es la lucha contra la corrupción para el fortalecimiento de la institucionalidad republicana o su recuperación plena, algo que debería llevar a ciertas reflexiones claves en Bolivia.

Aunque pueda argumentarse que el problema siempre ha existido, lo cierto es que se registró un relevante agravamiento en los últimos 16 años, con lo que podríamos denominar la “Cleptocracia del Siglo XXI”: el esquema internacional de corrupción que comenzó a montarse a partir del ascenso a la presidencia del Brasil de Lula da Silva, en enero de 2003.

Hacia fines de ese mismo año se inició el desembarco en territorio boliviano de las empresas vinculadas al Lava Jato, comenzando por Queiroz Galvao y siguiendo por Camargo Correa, Odebrecht y OAS.

Con la “Cleptocracia del Siglo XXI” llegó un modus operandi de sobornos millonarios que paulatinamente se fue extendiendo a empresas de otros orígenes, en el marco de un sistema de discrecionalidad basado en contrataciones directas.

Tanto la cronología como revelaciones más recientes evidencian que el problema no sólo atañe al oficialismo actual, sino también a la administración gubernamental del 2003 al 2005, algunos de cuyos actores volvieron a beneficiarse en el periodo 2013-2018 de adjudicaciones sin licitación como la del Museo de Orinoca.

Es curioso que quienes fueron socios en esa metodología cleptocrática ahora busquen presentarse –tardíamente- como una supuesta opción opositora.

Lo cierto es que, como indicaba el informe de la Federación Internacional de Derechos Humanos, la lucha por la democracia está ligada indisolublemente al combate contra el enriquecimiento ilícito, que genera estructuras autoritarias y centralistas para concentrar poder y blindarse de impunidad.

El arma democrática para desmontar estas estructuras (muchas veces bifrontes) es el voto popular, que puede generar una auténtica rebelión contra la corrupción.

jueves, 26 de septiembre de 2019

El Efecto Nerón, sigiloso y regionalizado

Emilio Martínez Cardona

Hace casi un mes, hablábamos desde esta columna del probable “Efecto Nerón” que afectaría a la intención de voto del oficialismo, a raíz de sus responsabilidades por acción u omisión en la crisis incendiaria sufrida en la Chiquitania.

Sin embargo, a lo largo de las semanas pasadas se han conocido encuestas donde el partido de gobierno no parece haber sufrido una contracción visible, lo que ha llevado a muchos a descartar con ligereza la validez de los sondeos en general.

Si bien podría ser aconsejable dejar a un lado las dos encuestas “extremas” (UMSA y Viaciencia), sobre las cuales pesan importantes dudas metodológicas, se cuenta con al menos tres sondeos de consultoras con larga trayectoria en el país que, aunque no coincidan con exactitud en las cifras obtenidas, sí muestran tendencias verificables en lo que va del año.

Atendiendo a las exlicaciones dadas por José Luis Gálvez (CiesMori) a Maggy Talavera en el programa Periodismo Sin Photoshop, el “Efecto Nerón” sí se estaría dando pero a un nivel subterráneo, en las entrañas de ese voto indeciso que va del 21 al 22%.

Mientras en el voto declarado se estaría produciendo una solidificación en las opciones del oficialismo y la oposición (razón por la que no se perciben grandes cambios post-incendios), al interior del voto indeciso la probable distribución estaría pasando por un terremoto sigiloso.

Si antes de la crisis forestal se estimaba que el Movimiento Al Socialismo captaría 11 a 12 puntos porcentuales en esa franja, ahora la distribución de los indecisos sería casi pareja entre los tres candidatos punteros.

Otro aspecto remarcado por Gálvez es el impacto regional de la crisis chiquitana sobre Santa Cruz, que estaría induciendo a muchos electores a “votar por el que es de acá” ya que “el Oriente se siente agredido”.

Todo lo cual puede reforzar, por una parte, un esquema de polarización en el departamento, y por la otra un “escenario competitivo de tres” a nivel nacional.

Sobre esto último, el experto de CiesMori informa que los estudios no indicarían una mayor incidencia del llamado “voto útil” a escala país, frente al cual sí pesaría mucho más la consideración de los electores sobre la calidad y consistencia de las propuestas de gobierno.

En el mismo sentido, el analista Ovidio Roca ha llamado a “preguntarnos y evaluar qué modelo de economía y de gobierno sigue el candidato; si tiene formación profesional, si ha mostrado y tiene carácter para lidiar con las crisis y asumir decisiones difíciles; si tiene capacidad y genera confianza para atraer equipos de gente idónea para la gestión del Estado y no solo ll’unkus del jefe; si tiene valores y principios éticos que nos garanticen un manejo honesto de los recursos públicos y que le pertenecen a todos”.

El electorado, en suma, puede ser más inteligente de lo que algunos suponen y no dejarse atrapar por los argumentos-chantaje del tipo “Yo o el caos” que se le proponen. 

jueves, 19 de septiembre de 2019


El nudo gordiano de la corrupción



Emilio Martínez Cardona

Es conocida la leyenda sobre aquel complejo nudo urdido por el rey Gordias en Asia Menor, del que se decía que quien lo desatase podría conquistar el Oriente. El nudo gordiano fue cortado de un tajo por la espada de Alejandro Magno, que así se franqueó los caminos que abrían de llevarlo hasta las cercanías del Indo.

Desde entonces, la expresión “nudo gordiano” ha servido para designar a un problema tan complicado que debe ser resuelto de manera tajante, directa y sin contemplaciones.

En el tema que nos ocupa, la corrupción que ha alcanzado niveles inéditos en los últimos años, el nudo gordiano parecería estar en el esquema de contrataciones directas, sin licitación, instituido por un centenar de decretos y otras normas del gobierno de Evo Morales.

Bajo este sistema discrecional se adjudicaron, por ejemplo, 450 millones de dólares en contratos a Camc, cuando la ex consorte presidencial, Gabriela Zapata, ejercía la gerencia comercial de esa empresa china.

Es sintomático que, sólo en la primera década del régimen, las adjudicaciones directas hayan representado el 63% del presupuesto destinado a obras públicas, y que en el mismo periodo la aplicación de esa modalidad hubiese crecido en un 746%.

Por supuesto que hay otras aristas del problema, como las sobrerregulaciones (cupos, prohibiciones, FES) que obligan a tramitar permisos del Estado y por lo tanto a ponerse bajo el dominio de burócratas extorsivos. O como la dependencia presidencial de las oficinas de transparencia creadas en los últimos 16 años, ya fuesen delegaciones anticorrupción, ministerios o viceministerios. Pero el esquema de contrataciones directas podría ser el nudo clave a cortar si se quiere avanzar de manera decisiva en este plano.

Este es el núcleo de la hiper-corrupción del siglo XXI y es curioso que no sólo el oficialismo haya participado de este sistema, sino también algunos opositores nominales o tardíos, tal vez a la manera en que en Brasil participaron del Lava Jato varios supuestos contrincantes del PT de Lula.

Uno de los casos más relevantes es el de la gerente de campaña de una coalición supuestamente opositora, aunque de marcado continuismo en sus propuestas. De acuerdo a información disponible en el Sistema de Contrataciones del Estado (Sicoes), una empresa manejada por ella recibió 33 contratos gubernamentales por casi 2 millones y medio de dólares, la mayoría por adjudicación directa.

Esto incluye al ominoso Museo de Orinoca, verdadero monumento estalinista al culto de la personalidad, con 1 millón 300.000 dólares para un “guión museográfico”. El asunto es fundamental si es que aspiramos después del 20 de octubre a algo más que a una simple continuidad cleptocrática con intercambios de impunidades.

¿Buscaremos sólo un cambio de rostros o también de modelo? ¿Sabremos ir más allá de la pigmentocracia y superar los problemas de fondo del centralismo, el caudillismo y la discrecionalidad?